Mendieta
[Fragmento] Sabbat Gigante. Libro tercero: FIDELIA


Las impresiones de Ana Mierdeta comienzan en el vidrio donde pega la cara y en la placa fotográfica que la recoge, la jeta apretada contra el lente, en contra del lente, como si penetrara e impregnara la sustancia cromogénica, un material vivo que resulta extraordinariamente apto a los propósitos de la artista. Será la única huella viva que quede de ella. El material fotográfico remeda con reacciones químicas los procesos vitales y, en tal sentido, la fotografía es imitación de la vida. Registra eventos del continuo mediante un proceso que permite plasmar la durée en la placa. En sus primeras impresiones, con la cara apurruñada contra el cristal, Ana es el Bowie de Ledger, 1979, la carátula del disco donde el artista se ha estrellado contra un techo de vidrio, estrella caída del empíreo o de las alturas de la gloria. [Desconfiar de los ascensos meteóricos]. Ana besa el piso por donde Carl camina, Magnesium Copper Plain: cuadrado mágico para cazar brujas. Ella hace salir del suelo una silueta. El gnomo del lugar, dijo Gott, su doble parido por el suelo. Patrio, acotó alguien desde el otro estremo del estudio. Carl cubre el suelo con láminas de magnesio y cobre, un parche de aterrizaje para la volatinera cubana. Copper brick road: Carl se postra para recibirla, padre protestante. Cuando el cuñado de Ana visita la morgue, separa la sábana que cubre el cadáver de la artista y dice: “¡Que el hijo de perra venga a ver esto!”, y añade: “Quizás baste con que vea la cabeza”. La cabeza de Ana es el huevo lanzado contra la Historia del Arte. Humpty Dumpty sentado en un muro / Humpty Dumpty cayó y se dio duro. Humpty Dumpty, el huevo caído, Ana Dumptey, Ana Humptey... droppings, droopy, dripping, dopey… Ana Mierdeta, Cuba Mierdonga. William Figueras, en Boarding Home: “¿Qué escribes?” “Mierdas…” El huevo es el proyectil de la guerra intestina de 1980. Años más tarde, en una insignificante galería de Coral Gables, alguien describió para mí la semana que pasó con Ana y los otros en el Bolívar, un catamarán alquilado en Varadero, cuando le dio por explorar los cayos: Cayo Piedras, Cayo Cruz del Padre, Cayo Blanco. Ana buscaba lugares comunes “donde poner el huevo” [sic]. Muladares flotantes, manglares prehistóricos, basureros inhóspitos. Nada del otro mundo. Traía un humor de perros, algo normal en ella, según dijeron. Venía con Cary Leopard y un grupo de yumas conectadas al Instituto de Amistad con los Pueblos, que era otra dependencia de la policía. La barca de las tontas útiles, le llamaban. Mientras tanto, los cubanos jaraneaban y tomaban fuerte. El choteo les resultó intolerable a las extranjeras. Cada vez que veían la huella de un marrano revolcado en el lodo, decían: “Por aquí pasó Anita”, pero evitando que los oyeran. Porque Mierdeta no se andaba con cuentos cuando se trataba de su obra. Se tomaba a sí misma absolutamente en serio. No soportaba que la contradijeran. Era dada a enfrascarse en porfías por cualquier cosa. A alguien se le ocurrió mencionar lo maravilloso que era un cierto episodio de Los Muppets que habían pasado, con años de retraso, en la televisión cubana. Eso provocó la furia de Ana. ¡Tamaña idiotez! No había nada de extraordinario en Los Muppets. Los Muppets eran mierda. Se había dado unos palos, me confió el tipo de la galería, y el alcohol no le sentaba, dijo, de solo olerlo se ponía insoportable, sobre todo con las mujercitas de los pintores. No se las tragaba, ni siquiera se dignaba a dirigirles la palabra. Hubo situaciones muy desagradables en el reducido espacio del catamarán. Ana había discutido con Pérez Guy y lo había acusado de copiarla: ¡Tú me plagias! Guy palideció, los reflejos del agua le pintarrajearon la carota de campesino, pero de alguna parte sacó fuerzas para ripostar: No, Anita. Me inspiré en Arte Tierra… Ana no le dio tiempo a terminar: ¡Arte culo! Eso era Mierdeta, opinó el galerista, un dolor de siete. Ahora puedo verlos mirando una película, beben ginebra, discuten de arte y filosofía. De celos, de sexo. Bronca en apartamento. Barajan la posibilidad del divorcio. Miden en el muro el tamaño de unos hijos que no tendrían. El poyo le daba por la cintura. Ella Wendy, él Peter Pan-Pum-Pow. Las niñas emigran. Los padres quedan atrás. Nunca jamás. Nevermore. La duración del filme enmarca el tiempo de la representación. Tuvo que ser así. Si Ana grita en la ventana indiscreta, alguien la oirá. El cine lo dice. Damisela en apuros. Windex. En el poyo, Humpty & Dumpty. Aparece la policía, se lleva esposado al esposo. La pequeña latina de telenovela irá a visitarlo a Rikers Island. Aunque lo ignoren, ellos anuncian, con sus gestos y gritos, el final de una era. Tal vez, el fin de los tiempos. Ana lo sabe, y se lo echa en cara en medio de la bronca. Sabe demasiado. Too much con too much! Carl también. Sus obras son problemas, brujerías, ecuaciones de campo del arte moderno. Ana vuela hacia esa flama. La cárcel abre al preámbulo de mi ópera, Fidelia, donde no existe un país, sino los esbozos de escenas penitenciarias. Carl le grita: ¡No hagas una escena!, pero eso es, precisamente, a lo que ella se dedica, todo lo que sabe hacer. Su obra, desde los tiempos del Instituto de Iowa, consiste en hacer escenas. En realidad, le daba igual la vida o la muerte. No a ella, personalmente, sino a su obra, con la que va a encontrarse en vuelo desde el piso treinta y pico. Le interesa el conocimiento a cualquier precio: Knowledge comes with death release, había dicho Bowie, diez años antes, en algún lejano tocadiscos. Pero Ana lo dejó dicho en cada una de sus piezas, que son todas ensayos de caídas. Besar el suelo. Al contrario de Carl, que no tuvo el valor de saltar y se quedó atorado en la ventana: Rear Windeath. Un pacto suicida degradado a asesinato en segundo grado. Pero, supongamos que Carl también salta. Salta de miedo, patalea en el aire, cae mal, cae reventado, pero aún con vida. Digamos que no ha caído con ganas. Así se separan. Ella se adelanta: “Hasta que la muerte nos…”. Nous... En la ceremonia, Ana Mendieta corta de un hachazo la cabeza de la gallina y entra en Sitra Ahra, kelifot, el “otro lado”. Juega a la muerte a sabiendas de que está condenada. Quema las naves. Para ella no hay retorno. Vestal solicita babalawo. De esa brujería no saldrá ilesa. Ha sellado su suerte delante de las cámaras. Está salada. Las dos ceremonias, decapitación y caída, son la misma. Ana es la gallina y el huevo. Humpty & Dumpty, Incorporated. Incarnated, me corrigió Gott. Cuerpo y alma. Incluyo en mi ópera la película de la gallina, solo por indicar el origen galo del libreto. Cacareo, stacatto. Ana vuela en un palo de escoba en llamas. Escoba amarga. Carl es protestante e impotente. La bruja voladora se cuela en su apartamento. Transvección. Trayecto del piso treinta y cuatro al suelo. La voz de Ajaxx, a imitación de Gott, salta de mi contestadora. Dejo los espaguetis, como las tripas en la caldera de la morgue, y me pongo a oírlo: Compré el libro que me dijiste, dice. La biografía de la Mierdeta. Pero su bronca con Carl se me antoja una reyerta de artistas, nada más. Nada profundo. Te aseguro que debió estar pasando hacía mucho tiempo. Normal. Tal vez desde el día en que se conocieron. Con esa bronca la relación entra en crisis. Ana está decidida a imponerse a cualquier precio. Esa noche, uno de los dos debe morir. Ella había asumido el papel de discípula, a sabiendas de que superaba al maestro. A Carl no le quedó más remedio que aceptar el papel de asesino. Drama y melodrama. Para Ana, había llegado la hora de probarle al mundo quién era la más grande. ¡Pero Carl había sido su mentor, dije, su primer espectador! ¡Carl lo era todo para ella! Era artistaje, recalcó la voz grave de Gott en la máquina. Lanzarse por la ventana despeja dudas, resuelve incógnitas. Oblitera de una [puta] vez la vida y obra de Carl. Por la época en que compartían estudio en Soho, Frank Stella le dijo a su amigo: ¡Esto también es escultura!, poniendo el dedo en la parte del palo que aún no había sido tocada por la gubia. ¡Y esto también!, aúlla Ana, treinta cuatro pisos más abajo. Là-bas. Las losas de cobre y magnesio jamás podrán ser miradas de la misma manera, lamentó Gott. Ni entendidas sin ella, sin su intromisión, sin tenerla en cuenta, sin su dichosa caída. Ana vivió el número de losas, reflexionó Gott, bajando la voz. ¿Sabes lo que significa crear otra versión de la caída? ¡Con mayúscula! El capricho exteriorizado, exorcizado, plasmado en lo concreto. Yo quiero en mi losa un ramo: Andre es la losa, Ana es el ramo. Gott carraspea: Pasó lo mismo con Laura Riding y Robert Graves. Tengo el libro, he traducido a la bruja. Laura se lanza de la ventana de un cuarto piso, vuela… y sobrevive. Esa fue su manera de imponerse a Nancy, a Robert y al Diablo. ¿Mefistófeles?, pregunté. No, Geoffrey Phibbs, el tipo siniestro que aparece en el círculo mágico de Graves; y graves, como ya sabrás, significa kber en judío. ¡Si lo sabría Laura, que componía diccionarios! El hecho violento vindica a Laura y condena a Robert, el maldito puritano. La caída de Laura es el fin del sistema Graves. Por otra paarte, están los cien overoles engavetados de Andre, su insistencia implacable en lo mismo con lo mismo, en lo inane y lo plano, la cuestión igualitaria que pretende reducirlo todo a un nadismo, un nudismo, hacer de los cuerpos tábulas rasas, estatuas de sal, puestas a ras del piso. Las losas de cobre y magnesio son kber… Ayer pasaron Detour en la televisión. ¿Sería la película que vieron? Maama, dicen los personajes de Edgar Ulmer, y no Ma-yami, como es natural, explicó Ajaxx, recién salido del baño. Solo entonces noté la extraña pronunciación de mi amigo. La misma. Tiene un diente negro, diente muerto que lo afea todo y delata al criminal, denuncia que algo anda mal. Toca el clarinete en fiestecitas cubanas. Más allá, cortinas viejas chupadas por el hueco de la ventana...



Para mí, esta señora siempre ha sido el símbolo del Gran Fraude Artístico, perpetrado tanto por ella como por los miles de adláteres que siguen arrollando en la comparsa mierdeta.